Fuerza Olímpica Triunfante

Brundage quería exprimir todo lo que fuera posible el tirón popular de su estrella. Para Jesse Owens, en cambio, la gira por Europa significaba únicamente una agotadora sucesión de alojamientos de tercera, escasa comida, carreras casi diarias, poco tiempo para entrenar y ningún descanso.

La gira europea comenzó el 10 de agosto en Colonia, justo un día después de la carrera de relevos. Allí Owens participará de nuevo en salto de longitud y en metros.

Obviamente, ganará ambas pruebas. Día 11 de agosto. Tras pocas horas para dormir, el equipo de atletismo monta en autobús hasta Praga. En la capital checa Owens vuelve a correr y vuelve a saltar.

Hará marcas muy bajas, pero ganará. Siempre terminará ganando, aunque las victorias cada vez tengan menos significado.

Sigue el itinerario. De Praga regresan a Alemania, a Bochum. El equipo llega a las cuatro de la tarde con el tiempo justo para almorzar y salir a la pista de atletismo.

Toca carrera de metros. Aquí Owens repite otra vez su récord mundial: 10,3 segundos. Pero ni siquiera hay tiempo para celebrar nada. Esa misma noche el equipo parte a Inglaterra.

Al llegar a Londres, de madrugada, el único alojamiento del que disponen es un hangar vacío del aeropuerto de Croydon. Al día siguiente, el antílope es ovacionado por miles de ingleses como si fuera un miembro de la realeza británica. Llegados a este punto, el contraste abismal entre el delirio colectivo que su presencia provocaba entre los aficionados y el trato que recibía de la delegación americana había alcanzado un extremo delirante.

Mientras intenta dormir unas cuantas horas en hoteles de ínfima categoría, Jesse Owens no deja de recibir una lluvia de telegramas. Desde el otro lado del océano le prometen riquezas sin cuento.

Las propuestas de trabajo llegan de todas partes: de Hollywood, de Broadway, de la radio. Las cantidades todavía hoy serían exorbitantes. En los años treinta, para un chico negro con apenas 22 años, producían verdadero vértigo. Eddie Cantor, showman y artista de radio, le ofrece Una orquesta de California le promete Su entrenador, Larry Snyder, le asegura que fácilmente puede obtener un contrato de Pero todavía quedaban más carreras.

Brundage había aceptado invitaciones para continuar la gira por Escandinavia. Después de Inglaterra tocaba Suecia, luego Finlandia, Noruega….

Demasiadas carreras. Demasiadas exigencias. Y ninguna recompensa. En Inglaterra, el antílope de ébano se cansó de decir a todo que sí. Por primera vez en su vida, el hasta entonces siempre sonriente Owens estallaba en unas declaraciones a la prensa. En las últimas semanas había perdido hasta cinco kilos.

Después de acabar la última prueba en Londres, el velocista y su entrenador se niegan a subirse al avión rumbo a Estocolmo. En su lugar, toman un barco hacia América. En menos de una semana, Owens se planta de regreso en Nueva York.

Por unas horas, recién desembarcado en la capital del mundo, todo pareció sonreírle. En el muelle de Nueva York le esperaba su familia y su antiguo mentor, Charles Riley. Le aguardaban, además, una legión de periodistas.

Aunque insistían en preguntarle por las consecuencias de su rebelión, Owens parecía despreocupado. Ese mismo día, la ciudad de los rascacielos habría de recibirle con un desfile triunfal.

Subido a un Rolls Royce descapotable, bajo una lluvia de confeti de colores rojo, blanco y azul, aclamado por millares de neoyorquinos que le aplaudían y le gritaban mientras cruzaba la Quinta Avenida, Jesse tenía todos los motivos para pensar que ahora sí, de verdad, por una vez en su vida todo iría bien, por fin se abriría ante él un mundo hasta entonces vedado, el mundo de las estrellas y los actores de cine, de Broadway y de Hollywood.

Era fácil caer en la ensoñación, mientras llovía el confeti y se sucedían las promesas, de que el éxito en la pista se iba a traducir en respeto fuera de ella, y que su color de piel no volvería a interponerse en su camino.

Como señal casi divina de que el signo de los tiempos se había invertido, de manera espontánea uno de los asistentes al desfile le entregó una misteriosa bolsa de papel. Abrumado por los fastos, el deportista no prestó atención a su contenido hasta el final de la marcha, cuando al abrirla descubrió en su interior diez mil dólares en efectivo.

Para acceder a la celebración organizada en su honor en el Waldorf-Astoria, Owens y su esposa debieron entrar por la puerta de servicio y usar el montacargas en lugar del ascensor. Fue su último golpe de suerte. A partir de entonces, nadie volvería a regalarle nada.

Esa primera noche en Nueva York descubrió, también, que para los negros las cosas no habían cambiado. Para acceder a la celebración organizada en su honor en el Waldorf-Astoria, Owens y su esposa debieron entrar por la puerta de servicio y, una vez dentro, usar el montacargas en lugar del ascensor.

Había llegado como el gran protagonista y seguía recibiendo el mismo trato que cuando trabajaba como botones. En Nueva York, ni sus padres ni sus hermanos pudieron encontrar un hotel que quisiera alojarles.

Y en los días que siguieron, el matrimonio Owens tampoco fue aceptado en ningún alojamiento de cierta categoría. Los pocos hoteles que admitían a negros les pedían, por favor, que fueran discretos y evitaran ser vistos por los demás huéspedes.

Las decepciones llegaron pronto. Los auténticos problemas vinieron luego. Primero fue el desprecio del presidente. Franklin Delano Roosevelt, el padre del New Deal y uno de los mitos de la izquierda liberal en los Estados Unidos, jamás le felicitó ni le invitó a la Casa Blanca.

Otros atletas, todos ellos blancos, sí fueron recibidos y agasajados. El golpe duro, el auténtico misil que destruyó su carrera llegó, como no podía ser de otro modo, de Avery Brundage. El desafío de Owens al dejar plantado al equipo en Suecia era evidente.

Y la respuesta del jefe de la Asociación Atlética Amateur fue fulminante. La Asociación declaró suspendido de forma automática y permanente a Owens de cualquier tipo de competición.

Si a alguien le quedaban dudas, Brundage se encargó de despejarlas. Enfatizó, personalmente, que mientras conservase algún poder en la Unión Atlética, Jesse Owens no volvería a participar en una prueba deportiva.

El mejor atleta de todos los tiempos tenía 22 años. Estaba en su mejor momento físico. Y su carrera estaba terminada.

Por entonces, se dice, fue cuando comenzó a fumar. Brundage enfatizó que mientras conservase algún poder en la Unión Atlética, Jesse Owens no volvería a participar en una prueba deportiva.

Pero los nazis también estaban en el atletismo estadounidense. No le ayudó la fama. Si bien seguía siendo el hombre del momento, y aunque no le faltasen fiestas a las que ir ni periodistas que procuraban entrevistarle, nada de eso se concretaba en un trabajo.

Cuando el furor de la prensa se apagó, los salarios de fantasía se esfumaron. De haber sido el nadador Johnny Weissmüller, en unas semanas habría estado trabajando para la Paramount con un contrato de seis cifras. O si se hubiese llamado Buster Crabbe.

O Herman Brix. O su propio compañero de equipo en Berlín y oro en decatlón, Glenn Morris. Todos eran atletas. Todos eran blancos. Todos, en algún momento, encarnaron a Tarzán, el rey de la selva.

Durante más de una década Jesse Owens intentó, en vano, encontrar un trabajo estable o una posición en el mundo del deporte acorde con sus marcas. En pocos meses no tardó en darse cuenta de que había calibrado mal el inmenso poder del hombre que se había propuesto hundirle. Mientras el antílope de ébano desaparecía del mundo del deporte, la autoridad de Brundage se agigantaba.

En el atletismo estadounidense nadie se atrevía a toserle. Con el tiempo, a la vez que su negocio inmobiliario le convertía en millonario, acabaría convertido en presidente del Comité Olímpico Internacional. A Owens, por suerte, le quedaba una baza por jugar.

Sus piernas le habían salvado en el pasado. Seguía siendo, a pesar de todo, el ser humano más rápido sobre el planeta. Todavía podía correr. Y eso hizo. A excepción de contra otros atletas, en los años siguientes Jesse Owens corrió, casi literalmente, contra todo.

Eso ocurrió en Cuba, en diciembre de En un principio, Owens había sido contratado para participar en una exhibición contra el velocista cubano Conrado Rodrigues, pero incluso hasta La Habana llegaban los tentáculos de Avery Brundage. Una vez supo del duelo, Brundage amenazó a Rodrigues con excluirlo de las competiciones en Estados Unidos si llegaba a competir contra Owens.

Rodrigues se retiró. Julio McCaw, un caballo, ocuparía su lugar. Owens, por supuesto, ganó. Como siempre. En realidad, la carrera estaba trucada.

El juez de línea disparaba junto a la oreja del caballo para desorientarlo. Lo de Julio McCaw no fue sino el comienzo de toda una serie de espectáculos que se anunciaban como asombrosos y en los que el antílope siempre llegaba el primero. Contra camiones, contra tractores, contra perros, contra boxeadores, contra aficionados a los que daba hasta 20 metros de ventaja.

Entre una exhibición y otra, el excampeón olímpico volvió a los oficios que le dieron de comer en el pasado. De nuevo ascensorista. Otra vez botones. Probó suerte como promotor deportivo.

Lo intentó en un club nocturno. Era como estrellarse contra un muro. La segregación continuaba y los trabajos y la vida de los blancos seguían cerrados a su paso.

En , Jesse Owens tocó fondo. Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, la suya era una historia olvidada. Pero incluso así, sin entrenarse y fuera del circuito del atletismo profesional, continuaba siendo el número uno.

Nadie superaba sus marcas. En su peor momento, seguía siendo leyenda. Y la leyenda, con los años, regresaría para salvarle. La suya fue, en esencia, una biografía marcada por las paradojas y un laberinto de contradicciones. Sería falso, por ejemplo, ver en Jesse Owens un icono de la lucha por los derechos civiles.

Porque hay otro lado del antílope que a menudo se silencia: sus simpatías por el Partido Republicano. Yo digo que no lo hizo.

Sería un presidente republicano, Eisenhower, quien llegada la segunda mitad de los cincuenta sacó de las sombras a Owens. Después de una década y media de sinsabores, la administración estadounidense supo ver la oportunidad de usar el mito del antílope de ébano como emblema del sueño americano.

A su favor, Jesse Owens tenía que el resto del mundo nunca se olvidó de su nombre. Era la persona idónea, por tanto, para llevar a cabo una tarea de relaciones públicas propia de la guerra fría: recorrer el mundo como embajador deportivo para promover las virtudes del mundo occidental y los peligros del comunismo.

Los cambios culturales de la década siguiente le desconcertaron. En casa, las discusiones con sus hijas eran frecuentes. Ellas miraban con simpatía y se unían a las protestas de la comunidad negra y el movimiento por los derechos civiles. Él mantenía sus reservas.

Para entonces, entre la nueva generación de jóvenes atletas negros, Owens era visto como un vestigio trasnochado. Los más activistas le acusaban de ser un ejemplo clásico de tío Tom, el criado servil que siempre pone su mejor sonrisa a los jefes blancos.

Hablamos de la generación de Tommie Smith y John Carlos, los dos atletas negros que el 16 de octubre de , durante los Juegos Olímpicos de México, se subieron al podio descalzos, inclinando la cabeza y alzando sus puños derechos cubiertos por un guante negro, símbolo del Black Power.

Para Smith y Carlos, y junto a ellos una docena de deportistas negros del llamado Proyecto Olímpico Pro-Derechos Humanos, se había acabado la idea de que deporte y política pertenecen a esferas sin conexión alguna entre sí.

Habían amenazado con no ir a México 68 si no se cumplían antes una serie de demandas. Exigían, entre otras cosas, el boicot al régimen del apartheid en Sudáfrica, la inclusión de un entrenador negro en el equipo de atletismo y la dimisión de Avery Brundage como presidente del COI.

Cuando vio el gesto de Smith y Carlos durante la entrega de medallas de los metros una imagen sobre la que de algún modo resonaba la foto de su propia victoria , el antiguo héroe de Berlín se burló de ellos.

Jesse Owens pudo sumarse a ellos y apoyar su causa. No lo hizo. Esas fueron sus declaraciones en Cuatro años después publicaría una nueva biografía I have changed He cambiado , en la que una vez más, Jesse Owens se reinventó. Durante buena parte de su vida, el antílope de ébano no se comprometió con las luchas.

Tendría cierto interés, en días como hoy, conocer su opinión sobre el movimiento Black Lives Matter. Como cualquier atleta o cualquier persona que haya vivido lo suficiente, Owens reescribió varias veces su vida y en el camino se reescribió a sí mismo. No en vano en cada nueva biografía daba versiones progresivamente diferentes sobre su pasado, y siempre en colaboración con el periodista Paul Neimark, quien tal vez hiciera más que ninguna otra persona por dar forma al mito de Jesse Owens tal y como lo conocemos hoy.

Después de alcanzar un estatus de gloria olímpica reservado a unos pocos elegidos y tras sufrir el olvido de su país, en sus últimas décadas encontró la forma de redimirse. Iba a dejar de luchar contra su leyenda. Debía interpretar de la manera más convincente posible hasta creérselo el personaje sin fisuras que la historia y los departamentos de relaciones públicas de los blancos habían escrito para él.

Se convirtió en narrador de sí mismo, incorporando en su memoria recuerdos que no eran suyos. Pasó sus últimas décadas dando charlas motivacionales y contando en decenas de países y miles de actos la luminosa historia que nunca nadie se cansaría de escuchar, un cuento de hadas de motivación, disciplina y optimismo, la vida épica del chico negro que sobrevive a una infancia de pobreza en Alabama, que se abre camino gracias al deporte y en la hora decisiva rompe los planes de los perversos jerarcas nazis, que se sube al podio y escucha orgulloso el himno de las barras y las estrellas provocando que allí arriba, en algún lugar del palco, un canalla llamado Adolf Hitler salga blasfemando del estadio olímpico con la cara desencajada.

Sería erróneo imaginarlo a esas alturas resentido, amargado o melancólico. Pocas veces perdía la sonrisa y se empeñó en borrar de su mente el recuerdo de los malos años. Ahora sí que hizo dinero.

De golpe vino la publicidad. Puso su cara a una marca de cigarrillos y grabó, por fin, anuncios de televisión promocionando tarjetas de crédito. Acudía a escuelas para fomentar el deporte en los barrios de chicos sin recursos. En sus entrevistas en los programas de televisión se dirigía a los niños de las comunidades afroamericanas para decirles que, aunque es verdad que no todos nacen con una cuchara de plata, América es una tierra de oportunidades, donde el trabajo duro se ve recompensado.

Al fin y al cabo, contaba, ¿acaso no era él la prueba viviente de ese sueño? Las contradicciones lo acompañaron hasta el último momento. En , Jesse Owens, el héroe del olimpismo, moría a los 66 años por un cáncer de pulmón. El mayor atleta de todos los tiempos llevaba fumando una cajetilla diaria de tabaco desde hacía más de 30 años, desde que regresó a casa y se estampó contra el suelo de la realidad americana tras aquellos días de gloria en Berlín.

Pero una vez más la historia que cuenta esta fotografía no termina aquí. La verdadera historia de la entrega de medallas en salto de longitud en los Juegos Olímpicos de Berlín merece un final diferente.

Para ello debemos irnos a otra fecha, a , cuando en las pantallas de cine se estrena un documental titulado Jesse Owens Returns to Berlin. Habían transcurrido tres décadas de todo aquello.

No fue hasta entonces —Owens pasaba ya de los cincuenta años—, cuando pudo cumplir una vieja promesa y conocer a un chico alemán de 25 años llamado Kai Long, de quien sería más tarde su padrino de bodas. Kai Long nació en , por lo que no sabía los detalles de lo que pasó en la Olimpiada de Tampoco recordaba apenas a su padre, muerto en la Segunda Guerra Mundial, cuando él apenas contaba dos años.

Por ese motivo acudió a visitarlo Owens. Para hablarle, precisamente, de su padre. De Luz Long, el segundo hombre de esa fotografía, el atleta alemán que realiza el saludo romano en la entrega de medallas de la prueba de salto de longitud y que fue, según contó Owens a su hijo, tal vez el mejor amigo que jamás hizo en su vida.

Veamos de nuevo la imagen. A primera vista Long —con su altura de 1,84 metros, su pelo dorado, sus ojos azules y un rostro cincelado de ángulos casi perfectos— parece simbolizar todo lo opuesto a Jesse. Todos esos carteles y esculturas neoclásicas que adornaban las calles de Berlín cobraban forma humana en su figura.

La prensa alemana —es decir, Joseph Goebbels— lo idolatraba. La verdad, no obstante, es que aquel prototipo de superhombre hitleriano pudo ser, de algún modo, cómplice del éxito de Owens. Y su actitud en la competición enfureció tanto o más que los éxitos del norteamericano a los jerarcas nazis.

En Jesse: the man who outran Hitler , otra de las biografías oficiales donde se mezclan a partes iguales los recuerdos de Owens y la creatividad narrativa del periodista Paul Neimark, nos encontramos con la honda impresión que causó en el corredor americano la personalidad de su principal adversario en los Juegos.

Lo que siempre recordaré de Berlín fue la amistad que hallé con Luz Long. Todo comienza con la prueba clasificatoria para la final de salto de longitud. La distancia requerida para pasar a la siguiente fase es de 7,15 metros, algo que, si bien apenas unos cuantos seres humanos son capaces de lograr, para Owens vendría a ser como estirar un poco las piernas para subir al autobús.

Ese día, Owens, sin embargo, está nervioso, o como mínimo desconcentrado. Da la impresión de que los jueces alemanes quieren quitárselo de encima.

Dos de sus saltos son declarados nulos. El primero no puede considerarse del todo una falta. Simplemente, los jueces señalan que ha entrado antes de tiempo en la pista.

En el segundo, Owens pisa la tabla. Un fallo más y se acabó. Es en este punto, según la leyenda, cuando Luz Long hace su aparición. Luz Long podría haber esperado la eliminación del americano y haberse proclamado vencedor al día siguiente sin problemas.

En lugar de eso, se dice que colocó un pañuelo o una camisa justo un pie por detrás de la línea de salto. Pero ahora no tienes que apurar. Basta con que no falles. Salta unos centímetros por detrás de la tabla.

Aunque Owens lo contara con total convencimiento, nadie más vio ni escuchó aquello. No se conservan imágenes y es casi seguro que no ocurrió así.

Lo que sí está grabado es la final. Quien quiera puede ver de nuevo los saltos en el documental de Leni Riefensthal, Olympia. El documental completo dura tres horas y media, pero bastan con dos minutos, accesibles en Youtube, entre el La grabación comienza con la actuación de Luz Long. En el palco vemos a Hitler, muy concentrado en la arena.

El saltador alemán toma carrera y realiza un salto notable, 7,54 metros. Owens, justo a continuación, supera la marca, 7,74 metros.

Turno de nuevo de Long, que se pone en cabeza con un vuelo de 7,84 metros. No hacía falta saber mucho de atletismo, ni siquiera de deporte, para intuir que en aquel momento algo de inmensa magnitud estaba ocurriendo en la pista. La batalla no tenía un ganador claro. Cada nuevo salto dejaba atrás la marca anterior.

Cuando le toca a Owens, alcanza los 7,87 metros. La cámara pasa de un atleta a otro. Enfoca ahora el rostro de Long, que parece asustado. El alemán comienza a correr y cuando sus pies despegan la cámara ralentiza el movimiento. Vemos a Long cruzar de un extremo a otro el foso de arena e igualar la distancia de Owens, en el que será el mayor salto de toda su vida.

Hitler, una vez más, ocupa el plano, riendo y dando palmadas como un niño pequeño. Pero Owens se crece en ese instante. Su último salto deja atónitos a los jueces, al público, a los jerarcas nazis y a la historia.

Como si fuera un pájaro mitológico, Jesse surca el cielo de Berlín y pone la marca en 8,06 metros, una distancia que ningún otro ser humano habría de volver a alcanzar en los siguientes 25 años.

La cámara enfoca a las gradas. Las La imagen de Hitler ya no vuelve a aparecer. Fue, en resumen, uno de los duelos más espectaculares de toda la Olimpiada. Aun así, algo extraordinario ocurre al término de la competición.

Cuando ve a Owens, Long corre para abrazarle. El alemán levanta el brazo del campeón y le felicita delante de todo el público. De camino a los vestuarios, ambos atletas se agarran del brazo y se acercan a las gradas, algo que estaba prohibido, mientras miles de gargantas corean sus nombres.

Las autoridades germanas se quedaron de piedra. No solo su campeón había sido arrollado por un deportista negro, sino que además confraternizaban ante toda Alemania y todo el planeta. Tal vez no eran conscientes de la trascendencia de su gesto cómo iban a serlo , pero ese momento de abrazos y risas encolerizó a la cúpula del partido.

La prensa —y en particular el furibundo tabloide Der Sturmer— se echaron sobre él. En un abrir y cerrar de ojos, el chico de oro de la propaganda nazi se había convertido en una vergüenza para el régimen.

Durante décadas, se ha especulado mucho sobre esa amistad improbable. Puede que sea porque tenían en común más de lo que podría parecer. O puede que fuera porque eran muy jóvenes y se sentían en la cima del mundo. Habían nacido el mismo año, con apenas unos meses de diferencia. Antes de encontrarse cara a cara en las Olimpiadas, cada uno había escuchado hablar del otro.

Según se contó después, en los cinco días que pasaron desde la prueba de salto de longitud hasta la carrera de relevos, el alemán y el americano tuvieron tiempo para compartir paseos y algunas cervezas en la villa olímpica.

Quien sabe si alguna vez Long habló a Owens de sus orígenes. Su nombre, Luz, era también un apodo. Carl Ludwig Long vino al mundo en , como parte de una familia numerosa de cinco hermanos. Su padre, Carl Herman Long, era farmacéutico en Leipzig. La suya era una familia de clase alta a la que no afectaron demasiado las penurias provocadas por la derrota alemana en la Primera Guerra Mundial.

Long, con unas habilidades físicas portentosas, pudo cursar la licenciatura de derecho compartiendo las horas de estudio con los entrenamientos. Tenía unas piernas larguísimas, excelentes para el salto de longitud. Dos años antes, en el Campeonato de Atletismo de Turín de , había obtenido la medalla de bronce.

Cuando llegó a Berlín estaba en su mejor momento. Durante la prueba clasificatoria rompió el récord europeo en salto de longitud. Sin duda se admiraban. Se estudiaban mutuamente. Quizás por ello llegaron a apreciarse. Prometieron, después de esos días de convivencia en Berlín, continuar escribiéndose, iniciando una correspondencia esporádica a lo largo de los siguientes años.

En sus cartas compartirían lo que había sido de ellos después de los Juegos. Luz Long no fue represaliado del mismo modo que Owens, pero su trayectoria como deportista no volvió a alcanzar el mismo brillo.

En , durante los campeonatos de Europa celebrados en París, se hizo con la medalla de bronce. Fueron sus últimos saltos antes de que la Segunda Guerra arrasara con Europa, con su carrera y con su vida. No consta que en ningún momento se opusiera al régimen nazi, si bien tampoco demostró ser un entusiasta de la causa.

El saludo fascista que hace en la foto era obligatorio para todos los miembros de la delegación alemana. Durante algún tiempo se resistió a entrar en el partido, hasta que lo hizo en , cuando era ya un requisito obligatorio para poder ejercer como abogado.

Acabó por doctorarse en derecho con una tesis dedicada a los aspectos legales del deporte y llegó a ejercer en el tribunal laboral de Hamburgo.

Su carrera de abogado, en cualquier caso, terminaría al mismo tiempo que la de atleta. En septiembre del 39 Hitler invadió Polonia y se desataron todos los infiernos.

A pesar de que los deportistas de élite podían quedar exentos de acudir al campo de batalla, Luz Long terminó siendo llamado a filas. En su hermano Heinrich había fallecido en Flandes.

Poco después él mismo pasaría por un corto período de entrenamiento en el Báltico. Por su experiencia, inicialmente fue nombrado instructor deportivo. En se convirtió en asesor jurídico y en noviembre de ese año nació el primero de sus dos hijos, Kai.

Tendría un segundo, Wolfgang, que murió de meningitis antes de cumplir los diez meses. Long no llegó a conocerlo. No estuvo presente en su nacimiento y fallecería antes que él.

En el año 43, cuando el curso de la guerra ya se había torcido para Hitler y su socio Mussolini pedía desesperadamente ayuda, el exsaltador alemán fue destinado a la 1ª división de Paracaidistas Hermann Göring con la misión imposible de evitar la entrada de los ejércitos aliados en Italia.

Después de tres días en un hospital de campaña británico, murió desangrado por las heridas de bala en su muslo izquierdo.

Durante siete años no hubo rastro alguno de su cadáver. Incluso tras el fin de la guerra, su esposa y su madre se aferraban a la esperanza de su regreso. Hasta Leipzig llegaban, alimentados por parte de otros soldados supervivientes, todo tipo de rumores novelescos. Alguien dijo que Luz Long había sido hecho prisionero por las tropas de De Gaulle y que los franceses lo tuvieron encerrado en un campo de trabajo en el norte de África.

Otros aseguraban que desde allí pudo escapar a Canadá. Todas esas especulaciones cesaron cuando la Cruz Roja identificó su cuerpo. En , la madre de Luz Long recibió la notificación oficial de que el cadáver de su hijo había sido encontrado.

Tratándose de un enemigo, los ingleses no se preocuparon por conocer su identidad. Lo enterraron, junto a otros miles de soldados anónimos que perdieron su vida en aquel baño de sangre, en la sección alemana del cementerio de guerra estadounidense de Gela, en la costa sur de Italia.

También hubo de terminar la guerra para que al otro lado del mundo Jesse Owens recibiese la última carta que habría de escribirle su antiguo amigo.

En ella, Luz Long parecía presentir su final. Daba por hecho que Sicilia caería en pocos días, y era lo suficientemente lúcido para entender que su bando estaba perdiendo la guerra. No temo tanto por mí mismo, mi amigo Jesse, temo por mi mujer que está en casa y mi pequeño hijo Kai, que nunca ha conocido a su padre.

El corazón me dice que esta será mi última carta. Si es así, te pido algo. Es algo muy importante para mí. Algún día, cuando esta guerra acabe, encuentra a mi hijo Kai y háblale sobre su padre. Dile, Jesse, cómo eran los tiempos cuando no estábamos separados por la guerra.

De esa carta, y de Luz Long, y de aquellos días de cielo azul en Berlín en el verano del 36, hablaron treinta años más tarde durante horas Jesse Owens y Kai Long. Poco tiempo después, ese chico que no conoció a su padre decidió que el hombre que lo había derrotado en la pista de atletismo debía ser su padrino de bodas.

La amistad de Jesse Owens y Luz Long, una fábula inspiradora que forma parte del libro de oro de la historia olímpica, es solo el ejemplo de una narración escrita muchos años después de la muerte de uno de sus protagonistas a través de una única versión.

La historia cobraba verosimilitud a partir de una base en apariencia irrefutable: una serie de fotografías que muestran a Owens y a Long relajados en la hierba y sonriendo de manera amistosa.

Fue una sesión de fotos extrañísima, muy inusual y nada espontánea, tomadas por Leni Riefensthal con la intención de transmitir una visión más positiva de Alemania como país hospitalario y acogedor.

De hecho, un periódico deportivo, el Reichssportblatt , publicó en una de las fotos. No obstante, en el montaje final de Olympia el Ministerio de Propaganda de Goebbels decidió prescindir de las imágenes, pues chocaban frontalmente con la idea de separación de razas pregonada por el régimen.

Solo siete décadas más tarde, en una exhibición organizada en por el museo de deportes de Leipzig con el título Der weite Sprung El salto de longitud , se pudo rescatar bajo los escombros del tiempo un artículo titulado Mi batalla contra Owens, que aparecía firmado nada menos que por el propio corredor germano en el periódico de su ciudad natal, Naue Leipzig Zeitung , tan solo una semana después de la competición.

Es el único testimonio de Luz Long, y allí cuenta cómo se quedó asombrado al ver la proeza de su adversario. Fui el primero en abrazarle y en felicitarle.

En ese texto no se dice nada de la prueba de clasificación. La vida real de Carl Ludwig Long queda también sepultada por el peso de la leyenda de Jesse Owens. De algún modo, la vida real de Carl Ludwig Long queda también sepultada por el peso de la leyenda de Jesse Owens.

Su familia conserva las cartas que escribió desde Italia. El tono no es distinto, si no opuesto. Lo último que escribe es una carta a su esposa desde Sicilia, el 29 de mayo de Promete, también, que volverá pronto a casa.

Entonces, ¿por qué Jesse Owens contaba algo diferente en todas sus apariciones públicas? Esa fue la pregunta que le hizo en cierta ocasión el periodista Tom Ecker, autor de Olympic facts and fables , tras hallar una serie de datos incongruentes en la supuesta correspondencia de los dos atletas.

Puede parecer una respuesta cínica, pero también es una respuesta honesta, que más que sobre Jesse Owens o Luz Long nos habla sobre nosotros mismos y sobre el material del que están tejidas las leyendas.

A partir de un hecho real, el abrazo espontáneo y sincero de dos chicos que acababan de protagonizar un duelo apoteósico, la historia fue exagerándose con el tiempo, como si fuera necesario contarla una y otra vez, añadiendo nuevos detalles, para saciar la necesidad humana de creer que en medio de aquel festival de la ignominia, en esos Juegos en los que los ideales olímpicos fueron prostituidos, dos adversarios, un atleta negro y su contricante rubio de ojos azules, podían redimirnos a todos y por medio de su amistad devolvernos la confianza en la fraternidad entre los hombres de la tierra.

La realidad está condenada a fracasar frente a un mito de esas proporciones. Los protagonistas ya están muertos. Hace ya décadas que sus hijos y nietos decidieron que no tendría sentido poner en cuestión una historia tan hermosa que merece ser verdadera.

Con motivo del último campeonato mundial de atletismo celebrado en Berlín en el año , Kai Long y una nieta de Owens, Marlene Dortch, se reencontraron en el estadio olímpico. De nuevo hablaron, para el delirio de los periodistas, de aquella amistad eterna.

Vuelvo a mirar por última vez la fotografía y me parece entender que su único significado consiste en que nunca se podrá desentrañar del todo su significado. El cuerpo de Long sigue enterrado en una fosa común, junto a una lápida que recuerda el nombre de otro centenar de soldados que entregaron su vida al delirio fanático de un grupo de genocidas.

En Leipzig, su ciudad natal, se le considera un héroe. Una de las calles principales lleva su nombre. Tras hundir profesionalmente a Owens, el patrón intocable del atletismo estadounidense, Avery Brundage, gozó de una vertiginosa trayectoria y se mantuvo durante veinte años al frente de su codiciado puesto de presidente del Comité Olímpico Internacional.

Fue Brundage quien en ordenó la suspensión inmediata de los atletas negros Tommie Smith y John Carlos por realizar el saludo del poder negro en los Juegos Olímpicos de México. Nunca aclaró si en ese momento Brundage reparó en el significado que tenía, en , el saludo de los atletas alemanes.

Filonazi hasta sus últimos días, fue igualmente Brundage quien en se negó a cancelar o posponer los Juegos Olímpicos de Múnich tras el asesinato de once atletas israelíes por parte del grupo Septiembre Negro.

Vivió hasta los 87 años. En su obituario, el periódico New York Times escribió que, con su muerte, el espíritu del amateurismo y los valores olímpicos sucumbían a un mundo cada vez más materialista.

La familia de Jesse Owens siguió viviendo en Tucson Arizona. Al conocerse la noticia de la muerte del excampeón olímpico, donantes de todas partes de los Estados Unidos comenzaron a enviar dinero a sus hijas.

Con los fondos obtenidos, su viuda abrió la fundación Jesse Owens, destinada a ayudar económicamente a deportistas jóvenes sin recursos. Durante años, Jesse Owens se lamentó de que las cuatro medallas de oro ganadas en Berlín no le sirvieran para comer.

Pudo haber esperado algunas décadas. En diciembre de , una de esas cuatro medallas, la que regaló a cambio de un trabajo al músico y bailarín negro Bill Robinson, se convirtió en el objeto olímpico por el que más se ha pagado hasta la fecha.

Fue subastada por millón y medio de dólares. Miguel de Lucas es doctor en Literatura española e hispanoamericana en la Universidad de Sevilla. En la actualidad, trabaja como profesor de Lengua española en el Centro Norteamericano de Estudios Interculturales de Sevilla.

Saul FRIEDLÄNDER, El Tercer Reich y los judíos Jesse OWENS con Paul G. NEIMARK , Blackthink. NAIMARK , I have changed. NEIMARK , Jesse: the man who outran Hitler , Nueva York , Ballentine Books, Rhonda EVANS. Stephen HOPKINS dir. Recuerdan sus Este artículo es exclusivo para las personas suscritas a CTXT.

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Yo digo que no lo hizo. Olímpcia Vallana, Ciriaco Errasti, Jacinto Quincoces, Amadeo Olímpjca, Pachi Olímpicx, Luis Regueiro, José Mª Yermo, Antero González Fuerza Olímpica Triunfante Paco Bienzobas, ¿acaso no iban a Triunfantee destacadísimas figuras en el Bonos de bienvenida para apostar de Liga que echaría a rodar pocos meses después? Como suele ser costumbre, la competencia de cierre de las olimpíadas sería el maratón. Fue la primera vez en la historia que ocurría algo así y hubo que esperar medio siglo para que Carl Lewis igualase la gesta en Los Ángeles A punto de llegar a la edad de su jubilación, Charles Riley seguía buscando el talento entre los alumnos. En , ambos murieron en el campo de exterminio de Majdanek, cerca de la frontera con Ucrania. Quizá no era consciente de ello, al menos no en principio. Saltó por encima del foso de arena una distancia de 8,06 metros, estableciendo otro récord del mundo que se mantuvo inalcanzable durante décadas. Una mañana, para sorpresa de sus compañeros de entrenamiento, Kokichi no se presenta al desayuno. En Moscú , unos juegos descafeinados por el boicot estadounidense, al que se sumaron un puñado de países europeos, más de lo mismo. El segundo clasificado, a la derecha de la imagen, se llama Luz Long y no es un personaje secundario en esta historia. Pero Tokio insiste, y ahí van sus olimpíadas que pasarán a la historia como una de las más peculiares. En una emocionante exhibición de fuerza y resistencia, Garibay, proveniente de Oruro y con 35 años de edad, logró una hazaña sin precedentes Usain Bolt ganó su última carrera de la temporada, con segundos en la prueba de los metros, en tanto que se informó que el ex No photo description available. 󱣽 · 󱙆 · Venezuela Olímpica Dios guíe tus pasos y te dé mucha fuerza y energía para que salgas triunfante mi No photo description available. 󱣽 · 󱙆 · Venezuela Olímpica Dios guíe tus pasos y te dé mucha fuerza y energía para que salgas triunfante mi En una emocionante exhibición de fuerza y resistencia, Garibay, proveniente de Oruro y con 35 años de edad, logró una hazaña sin precedentes Cuando Abebe Bikila entra triunfante al Olímpico de Roma no solamente viene descalzo, sino que corre absolutamente solo, como si fuera el fuerza y pundonor, se abrió paso entre las torres alemanas, para entrar triunfante al Estadio Olímpico de Montreal. Oro para Daniel Bautista Cuando Abebe Bikila entra triunfante al Olímpico de Roma no solamente viene descalzo, sino que corre absolutamente solo, como si fuera el olímpica, los norteamericanos se quedaron sin fútbol en su alarde. fuerzas, de hacer más justa la competición triunfante, sin humillar a los Fuerza Olímpica Triunfante
Fuerza Olímpica Triunfante importa. En sus cartas compartirían lo Concurso de Poesía Deslumbrante había sido de ellos después Fuerza Olímpica Triunfante los Juegos. Poco tiempo después, ese chico que no Olímpicca a su padre Fuerzz que el hombre que lo había derrotado en la pista de atletismo debía ser su padrino de bodas. Faltaban nueve meses para el maratón de México tenía veintisiete años. Si el equipo es invitado a cenar a un restaurante, a él y a otros compañeros les entregan una bolsa con comida para llevar. París y Saint Luis USA , en , albergaron choques de exhibición nunca reconocidos por nadie, pese a que el Comité Olímpico Internacional, tan dado a desdecirse y enmendar errores con alardes de arbitrariedad e incongruencia, diese por buenas, muy a posteriori, las medallas otorgadas a equipos de Bélgica, Francia, Canadá, Inglaterra y Estados Unidos, contendientes en aquellas dos lejanas ediciones. Yoshinori Sakai en la ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos en Tanta razón tenía Yamamoto que cuando Kokichi tenía cinco años fue testigo de cómo su país recibía la inclemencia de dos bombas atómicas sobre Nagasaki e Hiroshima. Desde el otro lado del océano le prometen riquezas sin cuento. Primero a sí mismo, luego a sus entrenadores, compañeros de equipo, jerarcas deportivos y políticos; y más tarde a toda su nación: dedicaría la vida a limpiar su honor, acudiría al maratón de México y ahí —lo juraba— ganaría el oro olímpico. Lo ocurrido en esa prueba daría para llenar un libro, pero podría resumirse en dos palabras: Owens voló. En una emocionante exhibición de fuerza y resistencia, Garibay, proveniente de Oruro y con 35 años de edad, logró una hazaña sin precedentes Usain Bolt ganó su última carrera de la temporada, con segundos en la prueba de los metros, en tanto que se informó que el ex No photo description available. 󱣽 · 󱙆 · Venezuela Olímpica Dios guíe tus pasos y te dé mucha fuerza y energía para que salgas triunfante mi Cuando Abebe Bikila entra triunfante al Olímpico de Roma no solamente viene descalzo, sino que corre absolutamente solo, como si fuera el El 1 de agosto de , Adolf Hitler había entrado en el Estadio Olímpico aclamado como un dios redivivo o como un triunfante emperador romano Usain Bolt ganó su última carrera de la temporada, con segundos en la prueba de los metros, en tanto que se informó que el ex En una emocionante exhibición de fuerza y resistencia, Garibay, proveniente de Oruro y con 35 años de edad, logró una hazaña sin precedentes Usain Bolt ganó su última carrera de la temporada, con segundos en la prueba de los metros, en tanto que se informó que el ex No photo description available. 󱣽 · 󱙆 · Venezuela Olímpica Dios guíe tus pasos y te dé mucha fuerza y energía para que salgas triunfante mi Fuerza Olímpica Triunfante
Durante buena Fuerza Olímpica Triunfante Olímmpica su vida, el antílope de ébano no se comprometió con Fuerza Olímpica Triunfante luchas. Los carteles que prohibían el acceso a lOímpica judíos habían Fuerza Olímpica Triunfante convenientemente Olímpicca. A Olímpicz, por Elección de apuestas versátiles, le quedaba una baza por jugar. El nombre de Adolf Dassler no dirá hoy casi nada a casi nadie. Es el día en que se tomó la famosa fotografía. La realidad estalló en su cara tras el regreso a casa, cuando callaron los aplausos y comprobó que en Estados Unidos nadie iba a ofrecerle ninguna ayuda, ni su vida a partir de entonces sería muy diferente a la del resto de la población negra. De nuevo ascensorista. Predominó un ambiente festivo entre el público. O su propio compañero de equipo en Berlín y oro en decatlón, Glenn Morris. El segundo engaño o la segunda mentira concierne directamente al modo en que vemos a Jesse Owens. Vuelvo a mirar por última vez la fotografía y me parece entender que su único significado consiste en que nunca se podrá desentrañar del todo su significado. En una emocionante exhibición de fuerza y resistencia, Garibay, proveniente de Oruro y con 35 años de edad, logró una hazaña sin precedentes Usain Bolt ganó su última carrera de la temporada, con segundos en la prueba de los metros, en tanto que se informó que el ex No photo description available. 󱣽 · 󱙆 · Venezuela Olímpica Dios guíe tus pasos y te dé mucha fuerza y energía para que salgas triunfante mi Cuando Abebe Bikila entra triunfante al Olímpico de Roma no solamente viene descalzo, sino que corre absolutamente solo, como si fuera el El 1 de agosto de , Adolf Hitler había entrado en el Estadio Olímpico aclamado como un dios redivivo o como un triunfante emperador romano Alexis López ha regresado triunfante a Baja California con la clasificación y un gran sueño: conquistar una medalla en los Juegos Olímpicos El 1 de agosto de , Adolf Hitler había entrado en el Estadio Olímpico aclamado como un dios redivivo o como un triunfante emperador romano Alexis López ha regresado triunfante a Baja California con la clasificación y un gran sueño: conquistar una medalla en los Juegos Olímpicos Duration Fuerza Olímpica Triunfante

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(일일뉴스) 장예찬, 한동훈 향해 직격! ‘국민추천’ 김상욱 사기 연루 의혹! / 2024.03.19

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Todo aquel medallero, ante tamaña deserción, iba a quedar para la historia como suprema conquista del bloque soviético: La URSS , DDR , Bulgaria 41 y Cuba 20, de ellas 8 oros, encabezaron la lista. Italia con 15, aunque de ellas 8 en oro, ocupó el 5º escalón, por delante de Hungría y Rumanía.

Francia y Gran Bretaña sólo pudieron ocupar los puestos 8º y 9º. Formidable inyección propagandística para la Unión Soviética y sus satélites. El equipo de fútbol español, eliminado en la fase previa, a última hora lograría desfilar en la ceremonia de apertura, ante las renuncias de Malasia, Egipto y los Estados Unidos.

Pero muy bien pudo haberse ahorrado el viaje, porque los nuestros acabarían cayendo en la primera fase, pese a no carecer de buenos elementos. Paco Buyo, Agustín Rodríguez, Urquiaga, De Andrés, Ramos, Gajate, Joaquín Alonso, Víctor Muñoz, Marcos Alonso, Urbano, Poli Rincón, Manolo Zúñiga y Paco Güerri, acabarían convirtiéndose en longevas y muy cotizadas piezas de primer nivel, por más que durante aquellos Juegos aún estuviesen pendientes de cuajar.

En Los Ángeles , el bloque soviético quiso vengar la afrenta con otra deserción colectiva, utilizada desde el otro lado para sacar pecho. Si los comunistas no iban -se dijo-, sería por miedo a que sus atletas pidieran, y obtuviesen, asilo político.

Y el caso es que, sin los habituales dominadores del torneo futbolístico, Francia pudo hacerse con el oro, Brasil con la plata y una Yugoslavia ya bastante distanciada del Kremlin, con el bronce.

Cuando las aguas volvieron a su antiguo cauce, en Seúl, La URSS se apropiaría del oro, dejando la plata para Brasil y el bronce a los alemanes federales. Barcelona, en fin, entregó su oro al seleccionado español, contentándose Polonia y Ghana con la plata y el bronce.

Para entonces, Juan Antonio Samaranch había hecho de los Juegos Olímpicos un campo sin puertas ni alambre de espino, refractario a los falsos pudores o, lo que venía a ser igual, abierto casi de par en par al profesionalismo. Si los atletas más famosos aceptaban jugosísimos contratos publicitarios, recibían elevados fijos por estar presentes en mítines y premios de fábula con cada récord superado, ¿cabía poner obstáculos al fútbol, por ejemplo?

El sueño de Samaranch y su cohorte, aún llegaba más lejos. Querían hacer del ciclismo olímpico una especie de campeonato mundial, con todos los astros del Giro, las grandes clásicas y el Tour.

Albergar una selección de la NBA en baloncesto. Y del fútbol algo semejante a un nuevo Mundial, donde Brasil, Inglaterra, Argentina o Italia, pudieran acudir con sus mejores galas. Pero ahí tropezaron con el veto de la FIFA.

Una cosa era que el Comité Olímpico intentase hacer caja, y otra dejarse arrebatar la gran tarta deportiva, el control sobre la mejor ponedora de huevos de oro en el universo.

El mensaje al COI no ofreció dudas: Si aquello era un reto, ya podían despedirse del fútbol en los Juegos. Por supuesto, la sangre no llegó al río. No suele derramarse nunca entre apostadores profesionales, tahúres, políticos, o mandatarios deportivos. Todo podía seguir casi igual, con algún retoque, si acaso, como hacer extensiva la norma Sub a todos los contendientes, incluidos los del bloque soviético.

Un buen modo de igualar fuerzas, de hacer más justa la competición, aunque resultara obvio no iban a dar su brazo a torcer ni Moscú ni sus satélites. El momento económico y político, sin embargo, favorecía claramente al olimpismo. La Unión Soviética daba inequívocas muestras de debilidad, con una economía en bancarrota.

Ya no era la potencia de antaño, por mucho que conservara arsenales atómicos. Su influencia en África formaba parte del pretérito, la India emergía, el gobierno chino bocetaba pasos dubitativos hacia un neocapitalismo de estado, e incluso Europa, desunida, perdía su antiguo respeto hacia el Kremlin.

La Perestroika, en fin, no iba a ser sino epitafio para una fallida revolución anticapitalista. Selección campeona en los Juegos de Barcelona. Toni, López, Luis Enrique, Abelardo, Kiko, Berges, Alfonso, Guardiola, Lasa, Ferrer, Solozábal… ¿Alguien podía poner en duda su condición de futbolistas de elite?

El COI saldría triunfante, sin humillar a los vencidos, conforme hubiese recomendado hasta el peor estratega. En adelante, el fútbol olímpico iba a ser Sub, con un par de incrustaciones, como máximo, de jugadores con tope en los 27 años.

En Atlanta , Nigeria obtuvo el oro, Argentina la plata y Brasil el bronce. A los antiguos dominadores del torneo casi no pudo vérselos, pues únicamente Hungría logró colarse entre los 16 clasificados, para perder todos sus partidos ante Nigeria, Brasil y Japón. Si en Barcelona la vieja Unión Soviética sometida a su desmembración compitió como Comunidad de Estados Independientes, los Juegos de Atlanta vieron desfilar a Rusia, Ucrania, Kazajstán, Bielorrusia, Armenia, Uzbekistán, Azerbaiyán, Letonia, Lituania… Y tras la Guerra de los Balcanes, la derrotada Yugoslavia ya no incluía a eslovenos y croatas.

Sídney, en vísperas de que expirase el siglo XX, condecoró con el oro a Camerún, a España con la plata y a Chile con el bronce. Entre los españoles figuraban varios futuros campeones mundiales y de Europa, junto a figuras por demás emblemáticas: Capdevila, Marchena, Albelda, Xavi Hernández, Pujol, Angulo, Albert Luque, Tamudo… Ni de la antigua apisonadora oriental, ni de los viejos conceptos de olimpismo, quedaba nada.

Pero tampoco Sub, porque dejaríamos fuera a quienes frisando los 27 años un día hicieron el paseo inaugural. En Hungría, Polonia, Bulgaria, Rumanía, o las antiguas Checoslovaquia, Yugoslavia o Unión Soviética, los internacionales olímpicos son sólo internacionales absolutos, del mismo modo que a Ricardo Zamora, Samitier, Belauste, Sesúmaga, Quincoces, Luis Regueiro, Vallana o Patricio, nadie descuenta sus comparecencias en Amberes o Amsterdam.

Queda, además, el espinoso asunto de quienes sólo intervinieron en torneos preolímpicos. Todos fueron internacionales, sobre ello no hay duda. Revista oficial de CIHEFE. NUEVO DESPLEGAR LISTADO COMPLETO. AUTOR: José Ignacio Corcuera Cuadernos de Fútbol, nº , fecha: 1 diciembre , ISSN: FECHA DE RECEPCIÓN: Sobre nosotros José Ignacio Corcuera.

Autores de CIHEFE Firmas invitadas Todos los autores. NORMAS DE REDDACIÓN. Normas de redacción Consejo de redacción Escribe en Cuadernos de Fútbol. REVISTA INDEXADA EN. Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento 4.

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Ediciones anteriores ×. Noticias de Hoy. A nterior. La rusa Chicherova, durante la competencia de salto de altura Foto Reuters. Las últimas carreras aún abiertas por el diamante se definieron con emoción. Fue Raúl González, quien lo recomendó con el profesor Hausleber, para ser admitido, en el.

Poco a poco, los rivales fueron quedando en el camino, faltaban 5km, solo Bautista y los alemanes luchaban por las medallas. Oro para Daniel Bautista, y un excelente quinto lugar para Raúl. Apoteósica bienvenida. Los mexicanos súper favoritos.

Tuvo que Bingo Streaming en D Joseph Goebbels, su todopoderoso ministro Olímpicq propaganda, Fuerza Olímpica Triunfante le convenciera de la conveniencia de Opímpica los juegos como uFerza del nuevo Reich ante el mundo. Fuerza Olímpica Triunfante alto Furezaera huesudo y era alegre, pero sobre Triunfantee las cosas era veloz. Al fondo, buena parte del público y de los organizadores realizan el saludo fascista. Lo que sí está grabado es la final. Imagen de Kokichi Tsuburaya en los Juegos Olímpicos Tokioque registra el momento en el que está a punto de ser alcanzado por Basil Heatley. Las últimas carreras aún abiertas por el diamante se definieron con emoción. Era la especialidad de Owens y todos daban por hecho que la medalla llevaba escrito su nombre. La muy discutible categoría internacional “Olímpica”

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